En entrevista para El Tiempo, afirmó monseñor Juan Vicente Córdoba que la entrega en adopción de dos preadolescentes varones a un homosexual estadounidense era un error y podía poner en peligro la integridad de los menores al representar una tentación para un padre adoptivo con estas preferencias sexuales.

La nota periodística levantó numerosas reacciones en contra de la suspicacia del cura y sus afirmaciones prejuiciosas. Sin embargo, sirvamos de abogados del diablo, o mejor, de la Iglesia y consideremos la posibilidad de que sea cierta esta afirmación: un hombre gay soltero adopta a dos niños que en pocos años alcanzarán plena madurez sexual… van a vivir a un país extranjero donde no conocen a nadie… al señor quizás le resultan atractivos los hombres latinos… Hmmmm… ¿no? ¿Por qué no? No hay nada descabellado en pensar que este Chandler Burr haya transado con el ICBF la realización de sus más perversas fantasías.
Sin embargo, dejando a un lado a Burr, me inquieta que el abuso sexual a menores, tristemente, es una aberrante práctica que ocurre, en su mayoría, dentro de los hogares: padres violando hijas; tíos con sobrinos, hermanos mayores tocando a los menores; abuelitos fisgoneando a los nietos en la ducha… millones de reprobables casos de hombres muy machos (de esos que solo han conocido hembra) que violentan el cuerpo de niños varones de su propia familia o de la de conocidos cercanos. Por alguna extraña razón estos individuos sin un pelo de gais terminan incurriendo en delitos sexuales con menores de su propio sexo.
Cuando estos casos no suceden en casa, suelen pasar con gran frecuencia en los colegios y también, monseñor Córdoba, en las sacristías detrás de los templos en donde cuelga Nuestro Señor en una cruz por la salvación de casi todos los que pecamos.
¿Cómo explicar este fenómeno? ¿Por qué viola el macho y viola la loca? ¿Por qué también el sabio profesor y el sumo sacerdote? Es como si los niños no pudieran estar a salvo en ningún lado de depredadores sexuales. En palabras de monseñor Córdoba, es como si fueran una fuente maligna de tentación para todos, sin distinción de profesión, raza o gustos en la cama.

Porque ¿cómo más uno explica, en términos de la Iglesia, que un padre viole a un hijo propio? En la Biblia los casos más famosos de incesto (aunque no pedofílicos) sucedieron porque las hijas tentaban a su padre embriagándolo y luego seduciéndolo o hijos que encuentran borrachos y desnudos al papá y se les pasa por la cabeza sacar provecho (estas y otros relatos picantes en el Antiguo Testamento. Buscar por Lot o Noé).
En conclusión, siguiendo la lógica de la Iglesia, parece ser que los niños son los culpables de que los violen (ya nos habían asegurado antes que las mujeres también son culpables cuando las violan). Son una tentación que no se puede resistir: nadie está exento de terminar violando al primer culicagado que se le pase por el frente y, según parece, mucho menos si es un primo, hermanito o ahijado.
¿La solución cuál es, queridos hermanos? ¡Dejen de andar trayendo niños a este mundo! Ellos no viven tranquilos y nosotros tampoco. La Iglesia es clara en que es imposible evitar la tentación. Quizás Nuestro Señor tampoco pudo caer en ella cuando gritó con regocijo “¡dejad que los niños vengan a mí!”.
Imágenes tomadas de http://www.egodevelopment.com y http://www.funzmania.com

