miércoles 14 de diciembre de 2011

El violador que llevamos por dentro.






En entrevista para El Tiempo, afirmó monseñor Juan Vicente Córdoba que la entrega en adopción de dos preadolescentes varones a un homosexual estadounidense era un error y podía poner en peligro la integridad de los menores al representar una tentación para un padre adoptivo con estas preferencias sexuales.

La nota periodística levantó numerosas reacciones en contra de la suspicacia del cura y sus afirmaciones prejuiciosas. Sin embargo, sirvamos de abogados del diablo, o mejor, de la Iglesia y consideremos la posibilidad de que sea cierta esta afirmación: un hombre gay soltero adopta a dos niños que en pocos años alcanzarán plena madurez sexual… van a vivir a un país extranjero donde no conocen a nadie… al señor quizás le resultan atractivos los hombres latinos… Hmmmm… ¿no? ¿Por qué no? No hay nada descabellado en pensar que este Chandler Burr haya transado con el ICBF la realización de sus más perversas fantasías.

Sin embargo, dejando a un lado a Burr, me inquieta que el abuso sexual a menores, tristemente, es una aberrante práctica que ocurre, en su mayoría, dentro de los hogares: padres violando hijas; tíos con sobrinos, hermanos mayores tocando a los menores; abuelitos fisgoneando a los nietos en la ducha… millones de reprobables casos de hombres muy machos (de esos que solo han conocido hembra) que violentan el cuerpo de niños varones de su propia familia o de la de conocidos cercanos. Por alguna extraña razón estos individuos sin un pelo de gais terminan incurriendo en delitos sexuales con menores de su propio sexo.

Cuando estos casos no suceden en casa, suelen pasar con gran frecuencia en los colegios y también, monseñor Córdoba, en las sacristías detrás de los templos en donde cuelga Nuestro Señor en una cruz por la salvación de casi todos los que pecamos.

¿Cómo explicar este fenómeno? ¿Por qué viola el macho y viola la loca? ¿Por qué también el sabio profesor y el sumo sacerdote? Es como si los niños no pudieran estar a salvo en ningún lado de depredadores sexuales. En palabras de monseñor Córdoba, es como si fueran una fuente maligna de tentación para todos, sin distinción de profesión, raza o gustos en la cama.

Porque ¿cómo más uno explica, en términos de la Iglesia, que un padre viole a un hijo propio? En la Biblia los casos más famosos de incesto (aunque no pedofílicos) sucedieron porque las hijas tentaban a su padre embriagándolo y luego seduciéndolo o hijos que encuentran borrachos y desnudos al papá y se les pasa por la cabeza sacar provecho (estas y otros relatos picantes en el Antiguo Testamento. Buscar por Lot o Noé).

En conclusión, siguiendo la lógica de la Iglesia, parece ser que los niños son los culpables de que los violen (ya nos habían asegurado antes que las mujeres también son culpables cuando las violan). Son una tentación que no se puede resistir: nadie está exento de terminar violando al primer culicagado que se le pase por el frente y, según parece, mucho menos si es un primo, hermanito o ahijado.

¿La solución cuál es, queridos hermanos? ¡Dejen de andar trayendo niños a este mundo! Ellos no viven tranquilos y nosotros tampoco. La Iglesia es clara en que es imposible evitar la tentación. Quizás Nuestro Señor tampoco pudo caer en ella cuando gritó con regocijo “¡dejad que los niños vengan a mí!”.




jueves 17 de noviembre de 2011

Por qué mi celular es una lata y seguirá siéndolo por siempre.





El de la foto es mi celular desde hace un poco más de dos años. Cuando lo compré me costó $9.000 y lo adquirí con el fin de reponer un Nokia cero-pesos que me robaron unos cabrones en el Parque El Virrey. Es el cuarto equipo que tengo de una serie de aparatos subestimados y repudiados por amigos y conocidos.

Todos los que ven mi celular me preguntan siempre cuándo lo voy a cambiar o, en principio, por qué lo compré si existe en el mercado una oferta tan amplia de terminales inteligentes y con múltiples funciones. Que por qué no compro un iPhone, que por qué no tengo Blackberry…

Mi celular no tiene juegos, cámara, grabadora ni, por supuesto, plan de Internet móvil. ¡Ni siquiera tiene sonidos polifónicos! Es un aparato que sirve para llamar y recibir llamadas y mensajes cortos de texto. Parece que tiene radio FM, pero nunca la he usado, ni la usaré porque no me hace falta nada de eso.

Entiendo claramente que el propósito de las TIC (telecomunicaciones) es estar en contacto con muchas personas de manera instantánea y a un bajo costo, pero los últimos desarrollos tecnológicos enfocados en este fin parecen diseñados para esquizofrénicos sociales.

Una cuestión muy interesante sobre el desarrollo de las TIC es que con su incorporación venía de la mano una cultura sobre el uso y aprovechamiento de esta tecnología. Por ejemplo: nadie llamaba a un teléfono fijo después de las 10 pm, o hablaba por más de ciertas horas, etc. Pero, con la nueva tecnología, parece que la cultura en el uso de las TIC hubiera desaparecido. Basta no más con observar como un pitido de Blackberry es suficiente para arruinar cualquier conversación o reunión.

Y con esto no pretendo ser un nostálgico de los modales del pasado o venir a decir que ya no hay moral ni valores, tampoco estoy pretendiendo criticar el desarrollo tecnológico. Solo digo que nos volvimos individuos incondicionalmente conectados a la sociedad 24 horas al día y eso podría ser dañino y estúpido.

Es el principal motivo por el cual no tengo un celular sofisticado: porque no estoy disponible para nadie en todo momento o lugar. Y menos para un jefe que tenga una idea el sábado a las 4 pm o para alguien que se le despierte el amor a las 4 am un miércoles. Tener un Smartphone es casi lo mismo que andar debajo de miles de contactos adonde quiera que se vaya esperando el momento en que a alguno se le ocurra decir “hola”.

La gran ventaja que ganamos cuando pasamos del teléfono fijo de la casa de los papás al celular propio fue tener la discreción de contestar. De comunicarnos solo con las personas con quien de verdad queremos hablar. Eso es lo verdaderamente valioso de la telecomunicación respecto de la conversación directa: la libertad de elegir y la estamos perdiendo.

Nadie puede ir por la calle, toparse de frente con ese fulano indeseable y desaparecerlo oprimiendo un botón. Bueno, nadie excepto un paramilitar o guerrillero, pero el punto es que la telefonía nos permite hacerlo y es un privilegio tener dicha posibilidad.

Los usuarios de smartphones y blackberries dirán que también pueden apagar sus equipos cuando quieran, pero claramente se trata de un nuevo tipo de consumidor, que claramente no discrimino, pero que no estoy interesado en ser.

El usuario de datos móviles, y más precisamente el de texto es alguien muy diferente al de voz. Examinando información, se puede constatar que en términos de intensidad y frecuencia horaria se trata de una nueva cultura de telecomunicación de la cual no tengo ningún interés en pertenecer.

Por último, mi máxima disponibilidad a pagar por un equipo es de veinte mil pesos, ya que creo que es un precio suficiente para acceder a un celular de buena batería y señal con las funciones básicas que necesito. Pagar por más es lujo. Y, entre las ventajas de tener un equipo barato está que si tengo la oportunidad de tener de espaldas a un personaje detestable, siempre será una opción lanzarle el equipo en la cabeza, esperando que la puntería no me falle, después de todo los teléfonos como los míos, hasta los ladrones los desprecian.

martes 25 de enero de 2011

No doy propina.






Como economista que soy siento desde lo más profundo de mis entrañas que las personas deberían pagar solo por las cosas que consumen y no de más, por decisiones externas de las que no se vieron beneficiadas. Esta clase de actitudes a veces me meten en problemas, especialmente a la hora de comer en restaurantes.


Suele ser una práctica común que cuando un grupo sale a comer, no todos ordenen lo mismo y sin embargo, a la hora de pagar la cuenta se divida por partes iguales entre los comensales. Una costumbre que aunque injusta es considerada práctica entre quienes parecen haber olvidado los principios más elementales de la aritmética de colegio.

Aunque esto me moleste un poco, ya me he ido acostumbrando y prefiero “combatir al sistema” siendo más parte del problema que de la solución, por lo que trato de pedir un plato por encima del precio promedio de la carta y así conseguir ser subsidiado por quienes sienten pereza de sumar y restar o por obstinados vegetarianos o fanáticos de dietas light.

Hasta ahí no hay problema, pero en lo que no nunca estoy dispuesto a ceder es en el pago de la propina.

Es entonces cuando todos mis compañeros me saltan encima, señalándome de mezquino, tacaño y descorazonado. Me echan en cara mi falta de consideración con los meseros que viven de la propina y se quejan de que no reconozco con mi dinero la buena atención que recibí.

Mi argumento es siempre el mismo: resulta inconcebible que los ingresos de los meseros estén condicionados a la discreción del pago de la propina. Si esto es así y si realmente nos interesa el bienestar de los meseros, no deberíamos hacer parte de un sistema miserable de explotación laboral.

Si según cálculos de quien sea, el sobrecosto del 10% de todos los platos cubre los salarios de los meseros, entonces este incremento debería ser obligatorio y estar incluido en todos los platos de la carta.

Y ahí no acaba la ingenuidad. A pesar de que la Superintendencia de Industria y Comercio dispone que el pago de la propina sea voluntario, no existe claridad jurídica respecto de la propiedad de este dinero, que en últimas es del establecimiento. Él será quien decida si otorga la propina de cada cuenta al mesero que atendió la respectiva mesa; o si el monto acumulado lo divide entre sus trabajadores o sí, ni corto ni perezoso, la deposita en la cuenta corriente del propietario.

Apuesto que muchos de los gentiles pagadores de propina ni se preocupan de su destino después de poner ese sobrecosto sobre la mesa. Igual que quienes lavan su consciencia a punta de limosnas, piensan que cumplieron con su cuota diaria de bondad por pagar una plata de más.

Ningún restaurante es mi río Jordán y por eso no pago propinas.


jueves 29 de julio de 2010

Caridad de cóctel.






Yo no sé qué está pasando, pero esta ola que exalta lo políticamente correcto cada vez nos está haciendo una sociedad más patética. Hace una semana un comité organizador se me acercó pidiendo una donación voluntaria para apoyar a una colega a quien recientemente se le había muerto una hermana. Poniéndome en el lugar de ella y reflexionando sobre lo duro que debe ser la muerte de un ser querido y, por supuesto, los gastos que implican hospitales, funerarias, misas y demás, di una plata.

¡Qué sorpresa la mía cuando me dijeron para qué era el dinero total! Resulta que todo lo que se recogiera, no era para apoyar a la colega, sino para comprar un Plan Canitas. Sin tener ni idea qué era eso, me explicó la del comité que consistía en donar una plata para que un anciano almorzara un día. ¿La mamá o una tía de mi colega? Pregunté. No. Nada de eso. Un anciano cualquiera, desconocido, sin ninguna relación con mi colega.

Así funcionan las cosas: a mí me sucede una tragedia y las personas cercanas a mí se congracian de mi situación “ayudando” a un desconocido. Nada tiene sentido. Es como si llegara accidentado al hospital y, ante esto, el médico resolviera ponerse a vacunar venados para que yo me cure.

Ante la incoherencia de la donación, le pregunté a la señora del comité por qué más bien no le dábamos la plata recogida a la colega o se la consignábamos adicional al pago de nómina. Y la respuesta, como ya esperaba, fue que no. Que daba pena con la colega irle a dar plata… no sé qué decir. No sé qué pensar. Todo es tan incoherente. Si tanto incomoda la plata, ¡pues no pidan donaciones!

Y lo que realmente me irrita es todo ese sentimiento de falsa bondad alrededor de estos gestos de caridad higiénica.

No soporto ese imaginario del pelotudo que dona cuatro mil pesos y piensa que esa plata se va a una fundación campestre con ardillas y conejos donde ancianitos sacados de propaganda de Coca-Cola toman sopitas de las cucharadas gentiles que dan dulces niñitas con trenzas de pelo dorado. Todo muy limpio e higiénico. Con cuatro mil pesos se compra uno un aura de santidad para que un viejo coma una tarde y todos felices: ni uno se unta de viejo, ni respira tos con tuberculosis. Un tiquete al Cielo muy práctico.

Y si uno no dona plata, entonces uno es el malo. Uno es el malo por saber que esas organizaciones son unos grandes promotores de la elusión de impuestos por otras grandes empresas y que la mayoría de la plata donada no se va en procurar el bienestar de los ancianos, sino en la promoción de la organización y el engorde de los empleados que entre faldas y overoles se esconden los mercados con que supuestamente se preparan las sopas que garantizan la presencia de los generosos donantes junto a San Francisco de Asís de llegarse a realizar su psicópata fantasía cristiana.

Esta ola de caridad higiénica lo ha permeado todo: tengo una amiga que de recordatorios de su boda, tiene planeado dar una donación en nombre de cada uno de los invitados. Al final de la fiesta, ella y su esposo no darán las tradicionales mentas o almendras, sino una tarjetita donde dice algo como: “En el nombre de Camilo se ha realizado una donación para que un niño del Hogar San Pecueco se almuerce unas lentejas”. ¡Qué ternura! ¡Que bueno soy!

La pobreza y el hambre son problemas socioeconómicos serios que no se solucionan apachurrándole el corazón a las personas y deben ser tratados con la responsabilidad y rigurosidad que requieren. Las lagrimitas y sollozos son para las películas tiernas de Disney, no para la formulación de política económica. Si realmente les importan estos problemas, sean radicales en su participación. Ningún viejo abandonado sobrevive alimentándose de falsos granitos de arena de bondad.




lunes 26 de abril de 2010

Amando a Panini.






Llenar el álbum de Panini puede ser una de las pocas tradiciones firmes que existe en mi familia y como economista no puedo dejar de sentir que es por sí sola una experiencia fascinante.

Casi ninguna situación comercial del mundo real se asemejan tanto al mercado imaginario de los economistas como cambiar monas repetidas con qué completar el álbum. Cada cuatro años nos reunimos los coleccionistas en diferentes puntos: algunos tradicionales y otros creados por la necesidad, con nuestro morro de repetidas y nuestra lista de faltantes buscando con quién cambiar. A nadie le importan mis convicciones políticas, qué como o a qué dios me encomiendo. Nadie pregunta qué equipo de fútbol me gusta, mi raza o mi sexo, mis ingresos o dónde vivo. El mercado no discrimina a nadie: todo el que traiga monas es bienvenido a participar en el intercambio.

En el mercado de monas no hay falsas modestias ni necesidad de hipocresía: cada quien entra con sus dotaciones y necesidades y buscando llenar el álbum logra que otros también lo llenen. ¡La mano invisible nunca fue tan palpable a la vista como en este mercado de monas!

Una vez establecido el mercado, otros empresarios observan y se establecen cerca de él buscando sacar beneficio de los cambistas. Ofrecen vender monas y sobres, álbumes de mundiales pasados y otros artículos de colección. También aparecen ventas de bebidas, dulces y comidas y por qué no, algunos bandidos que aprovechan el gentío para escarbar alguna maleta o robar una billetera descuidada. ¡Y toda la sociedad prospera!

No se necesitó de ningún líder que dirigiera el intercambio o de alguien que viniera a imponer que las monas de Inglaterra valen más que las de Ghana. Ningún falso justiciero tiene el protagonismo para repartir los morros de repetidas entre los que hasta ahora están empezando a llenar el álbum. Nadie pone límites al número de monas diarias que se pueden cambiar, ni cobra un número fijo de monas por tener derecho a participar en el mercado.

¡Y todavía nos preguntan a los economistas por qué somos tan normativos! Hay que ser un científico social realmente insensible para no emocionarse con la idea de estos mercados ideales. Sin embargo, no hay que ser ingenuos. Existen restricciones institucionales que incluso hacen que este mercado de monas no sea tan natural como lo estoy pintando. Panini tiene el monopolio de los medios de cambio. La editorial italiana es nuestro Banco de la República. Nadie cambiaría monas de otra imprenta por más parecidas que quedaran, así ser de Panini es la garantía que le permite a la mona participar en el intercambio.

Por más que soñemos con mercados ideales, en la práctica es irresponsable sugerir que los reales deberían funcionar así. No es relevante preguntarnos si los mercados son anteriores o posteriores a la instauración de un entorno institucional, lo importante es que la historia nos ha enseñado que existen algunas instituciones que favorecen el comercio y otras que lo perjudican.


miércoles 21 de abril de 2010

El nuevo técnico de la selección Colombia.






Pelé pronosticó en 1994 que Colombia sería el campeón de la Copa Mundial que se jugó en Estados Unidos y falló en su profecía como sólo Pelé sabe fallar cuando se trata de hacer conjeturas sobre el futuro. Después de ese mundial se acabó el mito detrás del fútbol colombiano y bajo la dirección de Pintos, Maturanas, Gómez, Álvarez y Ruedas la selección nacional nos ha traídos más pesadillas y angustias que la ilusión de volver a figurar en el fútbol internacional.

Muchos hinchas piensan que se necesita traer un técnico extranjero y no es que hayan faltado propuestas. Por ejemplo, a Marcelo Bielsa se le ofreció un sueldo más alto por dejar la selección chilena e igual no aceptó. Ningún reconocido técnico extranjero se arriesga a jugarse su prestigio por dirigir a la selección Colombia. El problema no es la paga. Tampoco es porque piensen que los jugadores colombianos son malos.

La razón es que los técnicos serios no juegan a ser muñecos de la Federación (FCF). La selección es un negocio de mucha plata que los directivos han explotado por años como sanguijuelas. Usan los partidos FIFA como una vitrina para exhibir jugadores y en la FCF a nadie le importa si Colombia gana o pierde, lo clave es mostrar lo que quieren vender. Así, las decisiones sobre la nómina titular no dependen de la estrategia y experiencia del técnico sino de las ambiciones de las directivas y esto es algo que ningún Scolari, Klinsmann o Bilardo están dispuestos a aceptar. Para secundar estos montajes se necesitan Pintos, Maturanas, Gómez, Álvarez y Ruedas.

Mientras las directivas tengan capturado al técnico de la selección, que nadie sueñe con extranjeros de renombre y mucho menos con mundiales de fútbol.



domingo 18 de abril de 2010

La Economía del Fin del Mundo.






Almorzando el viernes con mis compañeros del trabajo, salió en la conversación el tema del fin del mundo: el año en que todo se acabará. Todos concluimos que haríamos cosas que usualmente no estarían en nuestra cotidianidad: renunciar para viajar por el mundo, tomar un arma y ajustar cuentas con personas detestables o ¡a tirar que el mundo se va a acabar!
Lo interesante del tema es que si se quitara la posibilidad del fin del mundo, nunca haríamos estas cosas. La realización del Apocalipsis nos plantea el escenario ideal donde ninguno de nuestros actos tiene consecuencias. Un mundo donde en verdad expondremos lo que somos y sentimos.

A partir de esta reflexión, entonces, ¿se puede concluir que la vida diaria de la gente es una mentira planificada? ¿Qué sonreímos con hipocresía a diario a quien solo quisiéramos de rodillas apuntándole con el cañón de una pistola y no disparamos por miedo de ir a prisión? No creo.
No todos los sentimientos son hipócritas o afloran por conveniencia. En verdad creo que el hombre así como se educa para sacar provecho de la sociedad que le rodea, aprende a querer con sinceridad a sus familiares, amigos o amantes. Es lo que los neurólogos llaman plasticidad cerebral: algunas personas en nuestra cabeza se asocian permanentemente con sensaciones placenteras que se vuelven fundamentales para nuestro bienestar.

Pero, volvamos al tema de las fantasías del fin del mundo. En la conversación también concluimos que todas serían irrealizables. ¿Por qué? ¡Sencillo! Si yo quisiera asesinar a todos mis vecinos necesitaré una metralleta. ¿Dónde conseguirla? ¡En una tienda de metralletas! Ahora, ¿qué me garantiza que el vendedor querrá venderme una? ¿Para qué necesita él ir a trabajar a su tienda en el fin del mundo? Y más importante, ¿para qué le va a servir el dinero?
Algo análogo podemos pensar con fantasías como viajar, rumbear, ver películas… ¿Qué botones querrá levantar maletas? ¿Qué mesero servirá los tragos? ¿Qué operario vigilará los transformadores de electricidad? El día del Juicio lo más probable es que estemos en algún rincón de nuestras casas acurrucados muriéndonos del miedo en la mitad de la oscuridad y el frio esperando la llegada de la Santa Muerte.

Es interesante ver lo dependientes que somos entre nosotros los seres humanos y cómo la posibilidad del futuro nos coordina para que cada quien, buscando su mejor bienestar, consiga que toda la sociedad persiga la realización de sus fantasías. Bien decía Adam Smith que no es por la benevolencia del panadero, del carnicero o del cervecero que estas mercancías llegan a nuestra mesa.

¿Qué pasará entonces con el dinero? De repente todos esos billetes y monedas con los que atesoramos riqueza perderán su valor. ¿Para qué recibir pesos colombianos con los que después no podré comprar nada? Lo interesante es que no sólo desaparecerá el dinero en las transacciones, también dejará de existir en nuestra cabeza. Me explicaré. Supongamos que el dinero no existe. Nadie en sus cabales cambiaría un lingote de oro por un vaso de yogur porque sabemos que tanto oro tiene poder de compra sobre más yogur que un simple vaso. Sin embargo, si es el fin del mundo, ese podría ser el último yogur de nuestras vidas. La certeza sobre el fin de los tiempos hace que todos esos placeres que tanto nos satisfacen adquieran tal sentido de escases que se vuelven invaluables para nosotros. Aunque queden millones de galones de yogur sobre la faz de la Tierra, tenemos tan poco tiempo que daríamos todo por tener lo que podamos.

Así, cuando llegue la Hora Final, tendremos una economía sin unidad de valor ni cambio (dinero), descoordinación comercial y una teoría del valor completamente enfocada en la valoración por escases de las mercancías.